Publicado por gruponexus en Agosto 25, 2008

Hoy se detuvo el sol en la cintura del cielo. Pisó su habla.
Hoy vino el diablo a meterle pleito al mundo:
Manos de sangre adornan mis paredes;
El de la Guacamaya-ardiente que viene del rostro del sol
No encenderá más el altar.
Sol, rostro, ojos, fuego y guacamaya han sido denigrados,
Nadie vale la pena de enseñar;
El día hace su montón y recoge su cosecha.
Si alguna vez bajan los siervos a regar agua caliente
en la cara de las polillas de la tierra,
De los pícaros bellacos,
De los buitres de los pueblos,
De los engendrados de locos lascivos,
Enredadores y embaucadores;
Si algún día el agua caliente logra limpiar tanta basura,
Levantaré entonces la cabeza y bajaré mi rabia;
Levantaré la cabeza entonces, porque si la levanto ahora
La bajo agujereada.
A la distancia de mil siglos,
A la distancia inacabable de mi grito,
Maldigo a los disputadores,
A los cenadores de dos días,
A los deslenguados y a los lascivos del poder,
A los monos del mundo que tuercen la garganta
y babean sus palabras;
A los extranjeros del pueblo,
A los que dicen que son verdaderamente respetables,
Los Siete-Casas-Desiertas.
Torcidas llevan sus gargantas, ladeadas sus bocas,
Colgante su saliva.
Así los hombres, sus mujeres, sus príncipes,
su justicia;
Sus prelados, sus cristianos,
Sus maestros, sus grandes, sus pequeños;
Todos, torcidos.
¿Quién será, oh Vientre de la Tierra,
El que pueda explicarnos rectamente
la conducta de estos hombres jeroglíficos?
Cuando ya no se hunda en mis costillas la rodilla
de mi redentor,
Cuando le quite los sellos a la ceiba
y vuelva a rebosar su savia,
Cuando no tenga que venir Tutul-Xiu a tomar
su puesto entre mendigos.
Alzare de nuevo la cabeza.
Cuando ya no esté de nuevo bajo el peso de mi rabia.
“El Libro de los Libros del Chilam Balam de Tuzik”, fragmento.
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Publicado por gruponexus en Septiembre 21, 2006

¡Chichén-Itzá, ay Chichén-Itzá!
Gritaba la tórtola Mucuy,
Roja las alas y rota la algazara.
-”Chichén-Itzá, ¡llegó tu fardo de trece grados!
Y en las orillas de los pozos las serpientes,
Huyendo de la carga del katún, silbaban:
-”¡Le llegó su día al agua!”
Subido en un montón de calaveras,
El señor de la flauta negra empezó a tocar,
Llamando a los alacranes.
Era el filo del mediodía, y las ranas croaban:
¡Chichén-Itzá, ay Chichén-Itzá!
Tres lunas y dos Flores de Mayo fueron su existencia.
Oculto estaba su misterio, oculto queda.
Sólo lo saben las almas de los muertos.
Perdido.
Se perdío el signo jeroglífico y toda su enseñanza.
Llora Chac.
Llora el Tecolote-Venado y el gran Devorador de la carne,
La gran serpiente,
La de la cola encascabelada,
Fue destruída.
Su piel y la punta de sus huesos cayeron sobre las piedras,
Pero escapó su corazón, que se guardó en la tierra.
Y sobre él nació la Madre Ceiba.
Que se asentó derecha y alzó su copa,
Pidiendo perdón y hojas eternas al corazón del cielo.
Pero su tronco fue sellado,
Y en sus ramas las codornices murmuraban:
-”Por aquí paso el pueblo de los Itzáes,
Por aquí bailaron una vez los brujos del agua”
-”¡Más vírgenes!” “¡más niños, más varones!” gritaban los sacerdotes,
Mirando oscurecer las aguas del gran cenote ceremonial.
-”¡Más oro, más vasijas, más todo!
¡Todo lo nuestro es poco para salvar a Chichén-Itzá!”
Tutul-Xiú los miraba.
-Pobres sacerdotes míos, pensaba,
¡Pobres brujos del agua!
Pero he aquí el día que la pulcritud de los katunes se nos quiebra.
Di adiós a tu enseñanza hermano,
Que nadie más podrá entender;
Y di adios a tus dioses, hombre maya,
Que serán desde hoy tan solo piedras.
“El Libro de los Libros del Chilam Balam de Tuzik”, fragmento.
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